Novela
ANTIGUA LUZ
JOHN BANVILLE
(Alfaguara - Buenos Aires)
Vacilante, el actor Alex -contratado para su primer papel en el cine- cuenta con obsesión nabokoviana los encuentros amorosos con la señora Gray. Uno de los problemas es que la excitante señora Gray no sólo tiene la edad de su madre sino que es la madre de su mejor amigo. Este hecho, escandaloso para los tiempos de la historia, es aún más sombrío y siniestro, ya que es narrado sin culpa, sin una sombra de remordimiento. Alex disfruta, a la manera nietzscheana, de lo que cuenta.
Los vericuetos de la trama, las idas y vueltas de los personajes, los escarceos de la memoria, dependen menos de una estructura sólida que de las recurrentes y secuenciales espirales que arma la mente de Alex.
Banville se vale del narrador en primera persona -que dispone y oculta los recuerdos- para organizar los episodios. Se podría decir que compone un rompecabezas sentimental y arbitrario siguiendo los caprichos de la memoria. Y al decir memoria, el lector debe pensar en el olvido como su exergo necesario.
El relato podría ser la narración trivial de escenas eróticas o pornográficas. Banville lo convierte en la narración detallada y obsesiva de un breve amor que fracasa. En Antigua luz importa menos la serie de certeros episodios que la forma brillante del recuerdo. Si bien es cierto que Banville se demora en repetir oportunamente el hecho que va a demoler el amor, lo crucial es el método de narración, el escorzo narrativo, la mirada indirecta y reflexiva, el análisis que disfruta de las palabras, las evocaciones proustianas y sus usos.
© LA GACETA
Fabián Soberón